Sociedad y politica 

8 segundos de república, 4 años de decepción

Empezo como el partido de Chile, comenzo con una afición ilusionada, creyendo que pasarian a la siguiente fase, y acabo con decepciones, abucheos y una desilusion «nacional». Los asistentes se lo olían a su llegada al paseo de Lluís Companys de Barcelona. A diferencia del resto de convocatorias lideradas por la Assemblea Nacional Catalana (ANC) y Òmnium Cultural, no se respiraba ni alegría ni determinación, más bien tensión y desconcierto.

La cita se había oficializado a las 18:00, pero desde mediodía iban llegando centenares de personas con esteladas. Cuando ya estaban todos reunidos, 30.000 personas, tampoco entonaron más de tres veces su cantico: ‘I, inde, independència’. No se escuchó ningún otro cántico entre tanta expectación. Solo aplausos y pitadas, los primeros para los diputados soberanistas, en especial al presidente de la Generalitat, Puigdemont; los segundos, dedicados a la bancada del PP, Ciutadans y el PSC.
La atención se centraba en la pantalla gigante que habían colocado las entidades soberanistas en el centro del paseo. Retransmitía en directo TV-3 para vivir al minuto la comparecencia del ‘president’. Todo estaba preparado a las seis en punto pero se truncó cuando se retraso el discurso, alargando la espectación.

Una hora después de lo previsto, la entrada de Puigdemont al hemiciclo levantó el ánimo de la afición, que lo ovacionó a gritos de ‘president, president’. Pero entonces, volvió la tensión al no ver en la pantalla ni rastro de los diputados de la CUP y oír cómo retumbaba sin parar el timbre del Parlament que les reclamaba. Aguantaron la respiración hasta que vieron desfilar a los anticapitalistas por la escalera del hemiciclo.

El partido comenzó con la entrada de los árbitros: los miembros de la Mesa del Parlament al completo. Su presidenta, Carme Forcadell, quien también fue aplaudida, inauguró la sesión, el ‘president’ ocupó el atril y se hizo el silencio. El público se concentró entonces en ser todo oídos. Aplaudieron que el desafío catalán era un asunto europeo y que el pueblo de Catalunya debía permanecer unido. Se aventuraba el clímax cuando Puigdemont mencionó que comparecía para explicar los resultados del 1-O. La euforia se desató al retronar por los altavoces: «Asumo […] el mandato del pueblo de que Catalunya se convierta en un Estado independiente en forma de república». Abrazos, besos, saltos y gritos. Pero el balón se estrelló en el palo.

La euforia se desmoronó pronto. El ‘president’ anunció que la declaración de independencia se suspendía para entablar el diálogo. Unos quedaron estupefactos. Otros dejaron ir al momento un largo abucheo. Algunos rompieron a llorar. Eso sí, los rostros de todos ellos se desfiguraron. Y el momento dejó una imagen inédita: uno de los asistentes rasgó su ‘estelada’ y la lanzó al suelo para después pisotearla.

No aplaudieron más hasta el final del discurso; muchos de ellos ni eso. «Hemos sido engañados, esto no es una DUI», chilló a los cuatro vientos uno de los aplegados, buscando asentimientos entre la muchedumbre. Y es que les costó entender, y aún más definir, el mensaje de Puigdemont. «Esto es un ‘sí’ pero ‘no’, ¿no?», se preguntó otro en voz alta. También apareció en ese momento aquel que siempre había desconfiado de los planes del Govern para culminar el ‘procés’: «Ya lo sabíamos. ¿Qué esperabais que dijera?».

Sin que nadie diera el encuentro por desconvocado, los miles de asistentes iniciaron su retirada. Un mar de desilusionados se marcharon en silencio y solo revivieron al oír a la líder de la oposición, Inés Arrimadas, subir al atril para replicar al presidente. La abuchearon sin desenfreno. Y lo repitieron ante los discursos de Xavier García Albiol y Miquel Iceta aquellos que permanecieron. Los tractores que habían aparcado en el Arco del Triunfo para apoyar al presidente también iniciaron su retirada después del discurso, aclamados por los asistentes.

Durante 8 segundos, se vivio una independencia que acabo como un suspiro, tras 4 años de ilusiones.

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